Suicidio y pérdida de sentido en la modernidad: el papel educativo de la escuela en la formación de narrativas vitales

Suicide and loss of meaning in modernity: the educational role of the school in the formation of life narratives

 

                         

Dario Hernán Arévalos

Correspondencia: darevalos@filo.uba.ar

https://orcid.org/0000-0002-2154-3763

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Buenos Aires, Argentina.

Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina.

 

Recibido: 23 de septiembre 2024

Evaluado: 25 de febrero 2025

Aceptado: 30 de abril 2025

 

DOI: https://doi.org/10.35756/educaumch202526.328.

 

Como citar

Hernán, D.  (2025). Suicidio y pérdida de sentido en la modernidad: el papel educativo de la escuela en la formación de narrativas vitales. Revista EDUCA UMCH, (26), 158-180. https://doi.org/10.35756/educaumch202526.328

 

© Los autores.  Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC - BY 4.0).
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Resumen

Este artículo examina la relación entre el suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la modernidad, desde una perspectiva sociológica y educativa. El estudio se orienta a comprender el suicidio no como un fenómeno estrictamente individual o patológico, sino como una manifestación del sufrimiento social producido por la desigualdad, la fragmentación comunitaria y la crisis de sentido en las sociedades contemporáneas. Metodológicamente, se desarrolló una investigación teórico-documental de enfoque cualitativo, sustentada en una perspectiva hermenéutico-crítica. Se revisó un corpus de fuentes secundarias —libros, artículos científicos, tesis e informes institucionales—, articulando aportes clásicos (Durkheim, Marx, Halbwachs & Elias) con estudios recientes sobre juventudes, afectividad escolar y educación. Los resultados evidencian que el suicidio expresa un dolor social asociado a procesos de anomia, precarización y debilitamiento de los vínculos afectivos, los cuales configuran subjetividades vulnerables y limitan la elaboración simbólica del sufrimiento. La discusión plantea que la escuela, en tanto institución ético-política, puede desempeñar un rol central en la reconstrucción del sentido vital mediante prácticas de reconocimiento, cuidado y acompañamiento pedagógico, favoreciendo la formación de narrativas de vida orientadas a la pertenencia y la esperanza. Se concluye que abordar el suicidio juvenil exige superar interpretaciones individualizantes e incorporar marcos socioeducativos que fortalezcan lo comunitario, la justicia afectiva y la producción de sentido, situando a la escuela como espacio estratégico para la humanización y la contención en tiempos de crisis.

Palabras clave: suicidio, sufrimiento social, modernidad, juventudes, escuela, narrativas vitales.

Abstract

This article examines the relationship between suicide and the sociocultural construction of pain in modernity from a sociological and educational perspective. The study aims to understand suicide not as a strictly individual or pathological phenomenon, but as an expression of social suffering produced by inequality, community fragmentation, and the loss of meaning in contemporary societies. Methodologically, a qualitative theoretical-documentary study was conducted, grounded in a hermeneutic-critical approach. A corpus of secondary sources—books, peer-reviewed articles, doctoral theses, and institutional reports—was reviewed, integrating classical contributions (Durkheim, Marx, Halbwachs, and Elias) with recent research on youth, school affectivity, and education. The findings show that suicide represents a form of social pain linked to processes of anomie, precarization, and the weakening of affective ties, which shape vulnerable subjectivities and constrain the symbolic elaboration of suffering. The discussion argues that schools, as ethical and political institutions, can play a central role in reconstructing life meaning through practices of recognition, care, and pedagogical support, fostering the development of life narratives oriented toward belonging and hope. It is concluded that addressing youth suicide requires moving beyond individualizing interpretations and adopting socio-educational frameworks that strengthen community bonds, emotional justice, and meaning-making processes, positioning the school as a strategic space for humanization and support in times of crisis.

Keywords: suicide; social suffering; modernity; youth; school; life narratives.

Introducción

El suicidio constituye una forma de muerte que ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia, adoptando significaciones diversas según los marcos morales, religiosos, culturales y políticos que estructuran la vida colectiva en cada época. Desde una perspectiva histórico-social, las interpretaciones del suicidio reflejan las transformaciones en la concepción del ser humano, de su libertad y de su vínculo con la comunidad (Cohen-Agrest, 2012; Le Breton, 2020).

En las sociedades medievales regidas por la Iglesia de Roma, el suicidio era considerado un crimen y uno de los más graves pecados, al atentar contra el destino trascendental del individuo (Szapu et al., 2022; Szapu, 2024). En consecuencia, los familiares solían ocultar las causas de la muerte para evitar la condena eclesiástica y la expulsión social. Las razones no eran únicamente religiosas, sino también económicas: si la persona fallecida era el primogénito —heredero por derecho divino—, la familia podía ser despojada de sus bienes materiales y simbólicos. Así, el suicidio se inscribía en un orden moral y jurídico que castigaba la transgresión de los designios divinos (Cohen-Agrest, 2012).

Con el advenimiento de la Modernidad y la secularización del pensamiento, la comprensión del suicidio se desplazó desde la condena teológica hacia una lectura científica y social del fenómeno. En este marco, la sociología emergente situó en el centro del debate la relación entre el individuo que decide poner fin a su existencia y el contexto estructural en el que está inmerso (Durkheim, 2004). Desde entonces, la interpretación del suicidio dejó de circunscribirse a un acto de voluntad individual para entenderse como un hecho social que refleja las condiciones morales, económicas y culturales de la colectividad (Halbwachs, 2011; Elias, 1989).

En las sociedades contemporáneas, marcadas por la desigualdad estructural, la precariedad afectiva y la pérdida de referentes comunitarios, el suicidio adquiere nuevas dimensiones asociadas a la crisis de sentido y al sufrimiento social. Investigaciones recientes advierten un incremento de la ideación suicida y de los malestares emocionales en las juventudes, intensificados por la pandemia del COVID-19 y los procesos de aislamiento, exclusión y desesperanza (Arévalos & Kaplan, 2020; Barriach et al., 2022; González & Chaves, 2023; Organización Mundial de la Salud [OMS], 2021). Estas experiencias evidencian cómo el dolor, antes contenido en el ámbito privado, se ha transformado en un signo colectivo del malestar moderno (Kaplan, 2022; Ahmed, 2019).

En este contexto, la escuela ocupa un lugar central en la reconstrucción simbólica de la vida y en la formación de narrativas vitales que permitan resignificar el sufrimiento juvenil. Diversos estudios recientes (Arias et al., 2023; Korinfeld & Levy, 2024; Grinberg, 2023) subrayan que la institución escolar no solo cumple una función instructiva, sino también humanizadora, al ofrecer un entramado ético y afectivo donde los jóvenes pueden elaborar experiencias de pérdida, duelo y sentido.

Este artículo tiene como propósito analizar las relaciones entre el suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la modernidad, estableciendo un diálogo entre autores clásicos y contemporáneos de la teoría social con el objeto de comprender cómo la escuela puede contribuir a la resignificación del sufrimiento juvenil. Se propone, en suma, una lectura sociopedagógica del suicidio como fenómeno social que interpela la función educativa en la tarea de cuidar, contener y reconstruir lo humano en tiempos de crisis de sentido.

El suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la Modernidad

En este apartado se presentan una serie de aproximaciones teóricas sobre las relaciones entre el suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la vida moderna. Se establece un diálogo entre los estudios de autores clásicos y contemporáneos de la sociología que caracterizan el sinsentido experimentado por individuos y grupos a partir de las significaciones que asume dicha emoción en distintos contextos históricos y culturales.

El recorrido por estas contribuciones permite interpretar que el suicidio expresa diversas formas de dolor social:

El dolor que deviene del estado moral de cada sociedad.

El dolor frente a las injusticias del capitalismo.

El dolor derivado de la ruptura del equilibrio colectivo.

El dolor ante el debilitamiento de las valencias afectivas.

El estudio pionero de Émile Durkheim, El suicidio. Un estudio de sociología (2004), concibe el suicidio como un hecho social que no puede comprenderse a partir de  factores individuales, sino mediante las formas de cohesión e integración de cada sociedad. Esta concepción se opone a los discursos hegemónicos de fines del siglo XIX que lo circunscribían a trastornos mentales o a decisiones privadas sin conexión con el contexto estructural. En palabras del autor, el suicidio involucra “todo caso de muerte que resulta directa o indirectamente de un acto positivo o negativo, llevado a cabo por la propia víctima que sabía que iba a producir ese resultado” (Durkheim, 2004, p. 22).

A diferencia de la definición proveniente del ámbito forense —centrada en la intención individual de morir (Cohen-Agrest, 2012)—, Durkheim pone el acento en la previsión social del acto, es decir, en la capacidad de anticipar las consecuencias de una acción sin que importe la intencionalidad subjetiva. Así, el suicidio incluye tanto muertes por comisión como por omisión, como ocurre cuando una persona fallece al descuidar deliberadamente su salud o al exponerse a riesgos previsibles.

Una de las contribuciones más sustantivas de Durkheim consiste en mostrar que el suicidio no constituye “una clase aislada de fenómenos monstruosos, sin ninguna relación con las demás formas de conducta [social]” (Durkheim, 2004, p. 23). En consecuencia, el dolor de individuos y grupos se encuentra socialmente determinado y depende del estado moral y normativo de cada sociedad, es decir, de sus modos de regulación e integración.

Autores contemporáneos han reafirmado esta lectura estructural del suicidio como expresión del sufrimiento colectivo. Según Abramowski y Sorondo (2022), la crisis de sentido en la vida juvenil contemporánea no puede disociarse de los procesos de precarización y desigualdad social que debilitan los lazos afectivos. De manera similar, Kaplan (2022) plantea que el sufrimiento escolar y la desmotivación emocional de los jóvenes se inscriben en un contexto de desmoralización colectiva, donde la escuela puede convertirse tanto en un espacio de desamparo como de contención simbólica.

En esta misma línea, Le Breton (2020) entiende el suicidio como una forma de protesta silenciosa frente a la pérdida de vínculos y al vacío afectivo que caracteriza a la modernidad. Por su parte, Bauman (2021) y Han (2022) señalan que el malestar contemporáneo se traduce en un tipo de “violencia interiorizada” producto de la individualización extrema y del imperativo del rendimiento, donde el dolor se vuelve una experiencia privatizada. En este sentido, el enfoque durkheimiano conserva plena vigencia al permitir comprender cómo las formas actuales de anomia y aislamiento son manifestaciones del mismo desequilibrio moral que el autor observó en el siglo XIX, pero ahora agudizado por la lógica del capitalismo tardío y las crisis de sentido propias de la era digital (Arévalos, 2024; Korinfeld & Levy, 2024).

De este modo, el suicidio puede entenderse hoy como un fenómeno socioculturalmente complejo, donde las emociones no son meros estados subjetivos, sino huellas de procesos históricos y estructurales. El dolor, lejos de ser solo una vivencia individual, se erige como un síntoma moral de la sociedad moderna, expresión del desajuste entre la necesidad humana de pertenecer y la creciente fragmentación del lazo social.

Existen dos tipos de suicidios relativos al modo en que la comunidad reglamenta la vida de las personas: el suicidio anómico y el fatalista. El primero sucede en sociedades que se encuentran transitando profundas transformaciones o crisis morales[1], y, en consecuencia, están atravesadas por un estado de anomia, es decir, un debilitamiento en el poder de las normas que regulan a lo colectivo. En este marco, el individuo al no reconocer lo legítimo o lo injusto es arrastrado por un estado anímico de desesperación que lo puede conducir al sinsentido.

El segundo, escasamente desarrollado por el autor, ocurre en sociedades de reglas rígidas en las cuales los individuos quieren escapar de las situaciones de opresión o de esclavitud en las que viven. El suicidio fatalista está en el otro extremo del suicidio anómico, debido a que es resultante de un exceso de reglamentación y en consecuencia de despotismo material o moral de una sociedad determinada. A este respecto, el autor sostiene que el “carácter ineluctable e inflexible de la norma contra la que no se puede luchar” hace que el porvenir del individuo se encuentre limitado y sus pasiones estén “violentamente sometidas por una disciplina opresiva” (Durkheim, 2004, p.374).

En relación con las muertes relativas al modo en cómo los individuos están integrados a la sociedad, se encuentran el suicidio altruista y el egoísta. Ambos ponen de manifiesto un profundo desequilibrio entre el yo y su comunidad, en un caso, debido a una insuficiente individuación y, en el otro, a causa de una individuación desmesurada.

Ello es así, en la medida que “cuando el hombre se margina de la sociedad, se mata fácilmente, pero también cuando está demasiado integrado en ella” (Durkheim, 2004, p.285).

El suicidio altruista es característico de sociedades fuertemente cohesionadas e integradas con una escasa división social del trabajo. Allí la conciencia individual y la conciencia colectiva no se distinguen. El sujeto al encontrarse subsumido a su comunidad siente que su yo no le pertenece, ni sus pensamientos, ni sus comportamientos, ni su existencia individual. Es por ello que, frente a determinadas circunstancias, puede ser conminado a ofrendar su vida por su comunidad, para convertirse en un mártir o en un héroe. Este tipo de muerte, bastante frecuente en los pueblos primitivos, no acontece porque el individuo desea morir sino porque siente que “debe” hacerlo, de lo contrario, sufrirá la pérdida de la estima social. De hecho, en algunos pueblos, las personas que se rehúsan a dar la vida por lo colectivo les son negados “los honores habituales de los funerales” (Durkheim, 2004, p.288).

En el otro extremo nos encontramos con el suicidio egoísta que deviene de las condiciones de vida de la Modernidad. Este tipo de muerte es expresión de un profundo aislamiento emocional entre los individuos debido a que su comunidad no está lo suficientemente cohesionada o bien las normas que las rigen otorgan demasiada autonomía a cada uno de sus miembros. Acontece en sociedades con una profunda división social del trabajo en las que los individuos se especializan en una actividad y a raíz de ello se produce una separación progresiva entre la conciencia personal y la conciencia colectiva.

La desconexión afectiva en el seno del tejido social puede engendrar un exceso de individualismo cuya consecuencia no deseada es la desintegración de los lazos humanos y la imposibilidad de poder constituir vínculos de solidaridad. La exaltación de una moralidad individualista se traduce en el hecho de que la persona se desentiende de lo colectivo y se subordina a sus propias decisiones personales, entre las cuales se  encuentran la renuncia a seguir viviendo. La tendencia a poner fin a la propia vida pone de manifiesto el hecho de que el yo social es absorbido por el yo individual y, en efecto, toda actividad con los otros queda desprovista de objeto y de significado.

El suicidio egoísta, tiene puntos de contacto con el suicidio anómico debido a que en ambos casos la sociedad resulta insuficiente para el individuo. Sin embargo, mientras que en el suicidio anómico la sociedad se encuentra ausente en cuanto a las normas que regulan a las pasiones humanas, en el suicidio egoísta la insuficiencia de lo social se debe a la falta de acción colectiva que les dé un encuadre común a los propios objetivos individuales.

A partir de esta caracterización, Durkheim va a aducir que en cada comunidad existe una inclinación colectiva al suicidio. El egoísmo, el altruismo y la anomia de las distintas sociedades significan al dolor individual y colectivo que está en la base del sinsentido de la existencia.

El segundo caso trata de la muerte de una mujer cuyo marido perteneciente a los sectores acomodados había sufrido una enfermedad que le deformó el rostro. Ante las burlas generalizadas, las miradas reprobatorias y discriminaciones vividas por parte de su círculo social, el hombre decide llevarse a su esposa a vivir en el aislamiento, en una de sus casas ubicada en el campo. Recluidos de la vida pública, la mujer era el único reducto de orgullo y consuelo que le quedaba. Sumergidos en una vida de profunda soledad donde “las persianas se cerraban de la mañana a la noche”, la vida conyugal se trasformó en una situación de esclavitud y reclusión. En palabras de Marx[2]:

La desgraciada esposa fue así condenada a la esclavitud más intolerable, controlada por el señor M. con la ayuda del Code Civil (Código Civil) y el derecho de propiedad. Base de las diferencias sociales que vuelven al amor independiente de los libres sentimientos de los amantes y permitía al marido celoso encerrar a su esposa con los mismos cerrojos con los que el avaro cierra los baúles de su cofre. La mujer es parte del inventario (Marx, 2012, p. 83).

La vida de la mujer se ensombrecía con las agresiones, los celos injustificados, la privación hacia toda actividad de distracción y las amenazas permanentes del marido a desfigurarla. Frente a este hecho, la esposa cayó en una profunda depresión y decidió quitarse la vida anudando el ruedo de su falda en torno a sus pies y tirándose a un estanque de agua.

El tercer caso es el de una mujer de apariencia refinada que interceptó en la calle a un médico para suplicarle auxilio debido a que se encontraba con un embarazo no deseado y se sentía afligida por la deshonra familiar y la percepción de que la “gente honorable” de su alrededor no se lo iba a perdonar jamás. Según sus palabras, ella se había aprovechado de la confianza y estima de una mujer, quien se encontraba furiosa y había abandonado a su marido. Si bien su deseo era matarse y no abortar, había alguien quien le había suplicado que busque otra solución, por ello interpeló al médico para que la ayude resolver el problema. Ante la solicitud, el médico, luego de analizar la situación, con mucho pesar, le dio una respuesta negativa y la mujer se alejó rápidamente. Quince días después, los periódicos informaron que una joven de dieciocho años, sobrina de un banquero, se había quitado la vida en un pozo de agua de la propiedad de quienes habían asumido el papel de su tutela.

El cuarto caso refiere a Tarnau, un hombre que había sido destituido del puesto de trabajo de la guardia de oficiales de la residencia del rey. Debido a su edad avanzada ya no podía incorporarse al mundo militar, el sector industrial le estaba vedado por falta de conocimientos y tampoco tuvo suerte en la administración civil. Tarnau, vivía con su esposa, una pobre costurera y sus dos hijas de dieciséis y dieciocho años que trabajan con ella. Frente a esta situación, al no querer sentirse una carga para su familia, el hombre decidió quitarse la vida y dejar una carta donde encomendaba a sus hijas a la duquesa Angoulême.

Los casos de suicidio descriptos por Marx, dan cuenta del sufrimiento de los individuos a raíz de la violencia familiar, de género, económica e institucional de las sociedades capitalistas de principios de siglo. Ponen en evidencia las situaciones de opresión que atraviesan fundamentalmente, a los grupos sociales como las mujeres o los individuos que viven en condiciones de pobreza. Nos permiten pensar en los procesos de dolor social a raíz de las injusticias de la vida colectiva donde “existen millones de almas que se encuentran en la más profunda soledad [al tiempo que están movilizadas] por el deseo inexorable de matarse sin que nadie pueda presentirlo” (Marx, 2012, p.71). 

Maurice Halbwachs, en su obra Les causes du suicide (1930), sostiene que el número de suicidios registrados en una comunidad constituye un indicador del nivel de sufrimiento social que atraviesa a sus miembros, producto de “una ruptura del equilibrio colectivo” (Halbwachs, 1930, pp. 448–449). Aunque el suicidio pueda parecer un acto puramente individual, conserva siempre un carácter eminentemente social, pues expresa tensiones estructurales y afectivas que exceden la subjetividad personal. Los motivos por los cuales un individuo se quita la vida no residen exclusivamente en su interior, sino también en las condiciones sociales y simbólicas que configuran su existencia. En tanto ser social, quien decide morir no puede desprenderse de los marcos de memoria colectiva que modelan su manera de sentir y pensar (Halbwachs, 2011).

A partir del análisis de registros estadísticos sobre suicidios en Europa occidental y central, Halbwachs propuso una revisión crítica de las conclusiones de Durkheim formuladas tres décadas antes. Para él, la definición durkheimiana del suicidio resultaba demasiado amplia, ya que incluía bajo la categoría de suicidio altruista a casos en los que el individuo se sacrificaba por su grupo —como el soldado que muere por su patria o el mártir religioso—. En tales situaciones, el sujeto está subordinado a la colectividad y su acción no puede interpretarse como un acto de voluntad individual. Halbwachs (1930) cuestiona así el límite entre el suicidio y el sacrificio, preguntándose en qué medida la decisión de morir pertenece realmente al sujeto o constituye una imposición social interiorizada.

El autor plantea que el sacrificio es un acto socialmente organizado y legitimado, presidido por la comunidad que lo consagra mediante rituales y conmemoraciones. El suicidio, en cambio, es un acto solitario y moralmente condenado por las sociedades modernas, donde la renuncia a la vida se interpreta como una transgresión al ideal de felicidad y libertad. En consecuencia, quien se suicida suele retirarse del mundo “donde ya no hay lugar para él”, cargando con el peso simbólico de la vergüenza y la desaprobación colectiva (Cohen-Agrest, 2012).

Halbwachs profundiza además en las dimensiones emocionales del sufrimiento social, identificando distintas formas en que el dolor colectivo se inscribe en las biografías individuales. Algunos individuos mueren como forma de denuncia o protesta silenciosa ante la humillación o el daño moral sufrido; otros, en cambio, se suicidan movidos por sentimientos de culpa o responsabilidad, obedeciendo inconscientemente las normas de justicia social que los condenan. Finalmente, están aquellos que ceden ante la frustración vital generada por la imposibilidad de realizar sus aspiraciones, víctimas de un destino percibido como adverso.

Desde esta lectura, el suicidio se convierte en un termómetro moral de la sociedad, reflejo de sus desigualdades y de la precarización de los vínculos. Halbwachs (2011) advierte que cuando las tasas de suicidio aumentan, se incrementan también la desesperación, la humillación y el descontento general. Incluso coincide con Durkheim al sostener que las sociedades desarrolladas, al ampliar los medios para satisfacer deseos y aspiraciones, multiplican al mismo tiempo las necesidades insatisfechas, generando nuevas formas de frustración y dolor.

Autores contemporáneos han retomado estas ideas para explicar la intensificación del sufrimiento social en la modernidad tardía. Desde distintas perspectivas, sostienen que las sociedades actuales generan formas de malestar asociadas a la desigualdad, la exclusión y el debilitamiento de los vínculos comunitarios, convirtiendo experiencias aparentemente individuales en problemas de carácter social y político (Wilkinson & Pickett, 2019; Fassin, 2018). Asimismo, diversos análisis advierten que la expansión de la lógica neoliberal ha promovido procesos de individualización, competitividad y autoexigencia que favorecen sentimientos de inseguridad, agotamiento y desesperanza. En este contexto, los sujetos tienden a interiorizar las demandas de rendimiento y responsabilidad individual, invisibilizando las condiciones estructurales que producen sufrimiento (Han, 2022; Bauman, 2007)

En el campo educativo, Kaplan (2022) y Arévalos (2024) destacan que la escuela refleja estas fracturas sociales: el malestar juvenil, la apatía y las autolesiones emergen como síntomas de una cultura que promueve la autonomía, pero desatiende la interdependencia. Desde este marco, la lectura de Halbwachs recupera vigencia al evidenciar que el suicidio continúa siendo una manifestación del dolor colectivo que atraviesa las instituciones, las subjetividades y los sistemas de valores contemporáneos.

Así, el suicidio no puede ser reducido a un hecho aislado o psicológico, sino que debe entenderse como un fenómeno sociocultural total, donde confluyen las transformaciones estructurales, económicas, religiosas y emocionales de las sociedades modernas. Su análisis exige, por tanto, una mirada interdisciplinaria que vincule las dimensiones de la memoria, la moral y la educación en la producción social del sufrimiento y del sentido de la vida.

Desde la sociología figuracional de Norbert Elias, se postula que la muerte ha sido siempre y en todo lugar “un problema de los vivos” (Elias, 1989, p.12). El hecho de ser conscientes de nuestra propia finitud conmueve los cimientos que sostienen los sentidos de nuestra vida. Es importante remarcar que Elias no aborda específicamente al suicidio como unidad de análisis, sin embargo, sus contribuciones acerca de las transformaciones en la estructura emotiva de los individuos frente a la muerte desde una mirada de largo plazo nos permiten comprender los procesos de dolor social que devienen de una pérdida significativa.

En su obra La soledad de los moribundos (1989), sostiene que en la Modernidad la muerte se ha ido escondiendo de manera progresiva detrás de las bambalinas de la vida colectiva como resultado del empuje civilizador que ha caracterizado a las sociedades occidentales desde el Renacimiento  hasta nuestros días. La pacificación de lo social a raíz del monopolio de la violencia física de los Estados modernos, ha contribuido a la expulsión de la muerte de la vida social. En este marco, los individuos ya no mueren en el espacio público o en sus hogares[3] sino en soledad, generalmente, en ámbitos especializados como los hospitales o asilos para ancianos, despojados de la contención de los seres queridos que dejan de participar de este proceso.

Según Elias, la idea de que al morir estemos solos se corresponde “con el mayor acento que también recibe en este periodo la sensación de que estamos solos en la vida” (1989, p.42). En las sociedades Modernas a partir del alto grado de individualización social, el sentimiento de soledad estructura nuestra personalidad hasta la llegada de la muerte. El aislamiento emocional en la vida colectiva impide el paso de los impulsos emocionales dirigidos hacia los demás estructurando una percepción distorsionada acerca de que la existencia es autónoma respecto de las otras, en la medida que el “yo” se desentiende de lo social como condicionante de las propias emociones. La sociedad se impone en el imaginario colectivo como una masa de “personas grises e indiferenciables” que amenaza con rebajar a sus individuos a un mismo nivel y limita a todo ser humano particular “el pleno desarrollo y cumplimiento de todas sus posibilidades” (Elias, 1990, p.70). La sensación de que el mundo exterior se opone al propio mundo interior evoca la imagen de la sociedad como una “carcelera” que impide al individuo salir de su celda hacia la vida (Elias, 1990). 

La búsqueda de libertad, autonomía e independencia frente a las presiones exteriores establece un muro simbólico entre los sentimientos propios y ajenos. Esta distancia emocional produce formas específicas de satisfacción, pero también de vacío, dolor, descontento, desdicha y malestar debido a que se debilitan los lazos afectivos que posibilitan tramitar en compañía los acontecimientos que nos conmueven. Bajo estas condiciones de época la irrupción de la muerte de un ser querido afecta de manera particular el proceso de duelo. La pérdida de un otro significativo además de ser vivenciada como una pérdida de sí, donde la persona que ha fallecido es vista como parte o extensión de uno mismo, es reprimida por el individuo dado que la sensibilidad social hacia la muerte alrededor de la cual se construyen los tabúes modernos lo condiciona a poder hablar abiertamente de ésta sin que ello provoque repulsión y desagrado.

En los casos de suicidio, la dificultad para tramitar junto a otros la pérdida de un ser querido traduce una ruptura de las valencias afectivas, estructurantes de la convivencia social en tanto individuos interdependientes (Elias, 2008). Las condiciones socioculturales de represión de la muerte que limitan al individuo la afirmación emocional junto a los demás se inscriben como huellas del dolor en la biografía social. El muro simbólico entre los sentimientos propios y ajenos cierra la posibilidad de establecer “verdaderos lazos afectivos” [que fundan] “la relación con un nosotros” (Elias, 1990, p.156) y hace que la vida quede desprovista de significado colectivo.

Método

El estudio se desarrolló bajo un enfoque cualitativo, con un diseño teórico-documental sustentado en una perspectiva hermenéutica-crítica, orientada a comprender el suicidio y  la pérdida de sentido en la modernidad como fenómenos social e históricamente construidos. Este enfoque permitió interpretar el suicidio no como un evento individual aislado, sino como una expresión del sufrimiento colectivo, articulando dimensiones estructurales, culturales y afectivas desde la teoría social y la reflexión pedagógica.

El corpus estuvo compuesto por fuentes secundarias organizadas en dos bloques:

Autores clásicos de referencia sociológica, considerados fundamentales para la conceptualización del suicidio y del dolor social: Durkheim, Marx, Halbwachs y Elias.

Literatura contemporánea (2019-2024) vinculada a juventud, sufrimiento social, subjetividades escolares y abordajes pedagógicos del malestar, procedente de artículos científicos, libros académicos, tesis doctorales, informes institucionales y documentos de organismos internacionales.

Las búsquedas se orientaron a producciones relevantes sobre suicidio, pérdida de sentido, dolor social, modernidad, juventudes y escuela, privilegiando materiales disponibles en repositorios científicos, bases académicas y organismos internacionales (p. ej., literatura indexada, repositorios universitarios y documentos institucionales).

Se consideraron los siguientes criterios de selección:

Pertinencia conceptual explícita con los ejes suicidio, sufrimiento social, modernidad, juventud y educación.

Calidad académica de las fuentes (publicaciones especializadas, editoriales académicas y/o materiales institucionales reconocidos).

Actualidad de la discusión en el bloque contemporáneo (2019–2024), sin excluir obras clásicas por su valor fundacional.

Disponibilidad completa del texto para su lectura y análisis interpretativo.

El proceso analítico se estructuró en tres fases complementarias:

Fase 1. Identificación y revisión del corpus
Se realizó la recopilación y lectura exploratoria de los textos, distinguiendo aportes clásicos y desarrollos recientes, con el fin de delimitar los núcleos conceptuales asociados a: integración social, anomia, dolor social, subjetividad moderna y narrativas de sentido.

Fase 2. Categorización temática y codificación conceptual
Se aplicó un proceso de análisis temático-conceptual, organizando los hallazgos en ejes

interpretativos vinculados a:
(a) el suicidio como hecho social,
(b) el dolor como construcción histórica y colectiva,
(c) la erosión de los lazos comunitarios en la modernidad, y
(d) el potencial educativo de la escuela como espacio de cuidado, reconocimiento y reconstrucción simbólica.

Fase 3. Síntesis hermenéutico-crítica y contraste teórico

Se desarrolló una síntesis interpretativa mediante el contraste entre categorías clásicas (Durkheim, Marx, Halbwachs & Elias) y enfoques contemporáneos (p. ej., Kaplan, Ahmed, Le Breton, Korinfeld & Levy), estableciendo convergencias y divergencias para construir una lectura sociopedagógica del suicidio juvenil, situada en las tensiones de la modernidad tardía.

La unidad de análisis estuvo constituida por los discursos teóricos y sociopedagógicos que explican el suicidio como fenómeno vinculado al sufrimiento social y por las interpretaciones educativas que atribuyen a la escuela un rol en la elaboración simbólica del dolor y la formación de narrativas vitales.

Resultados

Los resultados del estudio teórico-documental permiten interpretar el suicidio como una manifestación de dolor social configurada por tensiones estructurales, culturales y afectivas propias de la modernidad. El análisis del corpus, sustentado en el diálogo entre autores clásicos y contemporáneos de la teoría social, evidencia que el suicidio no puede ser explicado únicamente desde determinaciones individuales o psicopatológicas, sino como un fenómeno socialmente producido, asociado a la desigualdad, la fragilización del lazo comunitario y la erosión de horizontes colectivos de sentido.

En primer lugar, los hallazgos muestran que el suicidio juvenil se vincula con condiciones estructurales de injusticia social que restringen las posibilidades materiales, simbólicas y relacionales para sostener proyectos vitales. En el marco del capitalismo contemporáneo, el ideal de realización personal se asocia de manera creciente al  rendimiento, la competencia y la obtención de bienes, desplazando la experiencia de libertad hacia la lógica del consumo y el éxito individual. Esta reorganización cultural produce escenarios de frustración, humillación y exclusión que deterioran la autoestima social y profundizan la sensación de desposesión subjetiva. En tales condiciones, el suicidio emerge como un umbral extremo del sufrimiento colectivo, expresando no solo dolor individual, sino también una forma de violencia estructural interiorizada, asociada a la falta de reconocimiento, pertenencia y dignidad.

En segundo término, los resultados evidencian que los procesos de individualización moderna y la progresiva fragilización de los vínculos afectivos limitan la construcción de narrativas compartidas que sostengan la identidad juvenil. En sociedades marcadas por la precariedad, la incertidumbre y el debilitamiento de las solidaridades comunitarias, las juventudes enfrentan dificultades para inscribir su biografía en tramas sociales estables y significativas. En este sentido, la pandemia del SARS-CoV-2 actuó como un acelerador de estas tendencias, intensificando el aislamiento emocional y reduciendo los soportes cotidianos de reconocimiento. La experiencia de la muerte, la pérdida y el duelo se volvió más frecuente, mientras que los recursos simbólicos para elaborarlos colectivamente resultaron insuficientes, ampliando los sentimientos de soledad, desamparo y falta de sentido.

En tercer lugar, el análisis permite identificar el incremento de los suicidios juveniles como un indicador crítico del malestar social contemporáneo, con efectos que exceden al individuo, produciendo una huella traumática en las redes de sociabilidad y en la memoria emocional de las comunidades. El suicidio, en tanto acontecimiento socialmente disruptivo, revela la insuficiencia de dispositivos colectivos para tramitar el sufrimiento, así como la ausencia de espacios institucionales robustos donde el dolor pueda ser reconocido, narrado y resignificado. Esta dimensión muestra que el suicidio no solo expresa una crisis individual, sino también una crisis cultural del sentido, donde se erosionan los marcos simbólicos que sostienen la esperanza y el porvenir.

En este marco, los resultados destacan el papel de la escuela como un espacio institucional clave para la reconstrucción simbólica del sentido vital. Su relevancia educativa no se reduce a la transmisión de conocimientos, sino que se amplía hacia una función ética y afectiva: generar condiciones de cuidado, reconocimiento y justicia emocional que permitan elaborar duelos sociales y sostener trayectorias juveniles  vulnerables. De este modo, la escuela puede convertirse en un escenario de producción de significados compartidos, donde el encuentro generacional e intergeneracional habilite la tramitación del dolor mediante vínculos de confianza, escucha y reciprocidad.

Finalmente, los resultados permiten sostener que el rol educativo de la escuela reside en su capacidad para ofrecer un entramado simbólico que ayude a las juventudes a inscribir su sufrimiento en una narrativa social de pertenencia. Promover una cultura afectiva escolar basada en el cuidado mutuo, la empatía y la justicia relacional constituye una vía pedagógica para contrarrestar las lógicas de indiferencia y aislamiento que atraviesan a las sociedades modernas. En consecuencia, educar para la vida —en el sentido fuerte del término— implica fortalecer narrativas vitales que restituyan sentido, horizonte de futuro y condiciones institucionales de humanidad compartida.

Discusión

Los hallazgos del estudio permiten sostener que el suicidio en la modernidad no puede comprenderse únicamente como un fenómeno individual, clínico o circunstancial, sino como una expresión crítica del dolor social producido por configuraciones estructurales, culturales y afectivas propias de las sociedades contemporáneas. En esta línea, los resultados coinciden con la tradición sociológica que ha señalado que el suicidio constituye un hecho social, cuyas condiciones de posibilidad remiten a la dinámica de integración, regulación y desigualdad de cada formación histórica (Durkheim, 2004; Halbwachs, 2011). Lo que se actualiza en el contexto contemporáneo es la intensificación de dichas tensiones bajo formas nuevas de precarización material, fragilización afectiva e individualización radical.

En primer lugar, el vínculo identificado entre suicidio juvenil e injusticia social reafirma la vigencia de una lectura estructural del sufrimiento. En consonancia con Marx (2012), el suicidio puede interpretarse como una forma límite del daño producido por relaciones sociales atravesadas por violencia económica, desigualdades de género, humillación moral e imposibilidad de reconocimiento. En las juventudes, este dolor adopta configuraciones específicas: precariedad de futuro, debilitamiento de garantías, erosión de horizontes de ascenso social y experiencias persistentes de exclusión. Por ello, el suicidio no se limita a representar un acto extremo, sino que se posiciona como síntoma social de una modernidad que promete libertad, pero produce condiciones sistemáticas de  frustración y desposesión. En ese marco, cobra sentido entenderlo como resultado de violencias estructurales interiorizadas que afectan la autoestima social y el valor subjetivo de la vida.

En segundo término, los resultados muestran que la modernidad produce una crisis afectiva y comunitaria que redefine las condiciones de sentido. Durkheim (2004) advertía que los procesos de anomia emergen cuando las normas colectivas pierden capacidad reguladora, generando desorientación moral y dislocación entre expectativas y posibilidades reales. En el escenario contemporáneo, tal desorientación se profundiza debido a que las juventudes se socializan en contextos donde la pertenencia se vuelve inestable y los vínculos se transforman en relaciones frágiles, condicionales o transitorias. Esta lectura converge con enfoques contemporáneos que describen una época marcada por la debilitación de lo comunitario y la expansión del aislamiento como forma dominante de vida social (Bauman, 2021; Han, 2022). Desde esta perspectiva, el suicidio expresa una subjetividad tensionada por el mandato de autosuficiencia, bajo condiciones sociales que, paradójicamente, restringen las redes que hacen posible sostener la vida.

La pandemia del SARS-CoV-2, señalada en los resultados como catalizador, operó como un amplificador de estas fragilidades al intensificar el aislamiento, la exposición a la muerte y la ruptura de soportes cotidianos. Si bien el suicidio no puede explicarse de manera monocausal por la emergencia sanitaria, sí resulta pertinente considerar que esta produjo un reordenamiento de las experiencias juveniles en torno a pérdidas abruptas, restricciones de sociabilidad y debilitamiento de rutinas protectoras, lo cual coincide con reportes internacionales que alertan sobre la profundización de los malestares emocionales y la ideación suicida en poblaciones jóvenes (OMS, 2021). En este marco, el sufrimiento deja de ser un fenómeno estrictamente privado para convertirse en una experiencia socialmente extendida, con expresiones diferenciales según las condiciones de clase, género y vulnerabilidad.

En tercer lugar, la identificación del suicidio como trauma colectivo y como indicador del malestar moderno se articula con la tesis de Halbwachs (1930/2011), para quien el aumento del suicidio revela una ruptura del equilibrio colectivo y un deterioro de los marcos simbólicos que sostienen el sentido de pertenencia. Esto permite comprender que el impacto del suicidio excede a quien muere: afecta a familias, escuelas y comunidades, reorganiza memorias, instala silencios y produce heridas simbólicas  persistentes. Desde este enfoque, el suicidio se configura como un acontecimiento social que desestabiliza el tejido comunitario y pone en evidencia la precariedad institucional para tramitar el dolor. Por ello, la carencia de espacios de elaboración simbólica, evidenciada en los resultados, se comprende como un déficit cultural e institucional que limita la transformación del sufrimiento en narración y en proyecto.

En este punto, las contribuciones de Elias (1989, 1990) permiten profundizar la comprensión del fenómeno al mostrar que la modernidad ha desplazado la muerte hacia ámbitos de ocultamiento y privatización, debilitando la posibilidad de su elaboración pública. La soledad del morir y el tabú moderno de la muerte implican que el dolor queda muchas veces fuera del lenguaje compartido, lo cual puede intensificar experiencias de desconexión emocional y pérdida de sentido. Esta perspectiva resulta especialmente relevante cuando se analizan suicidios en juventudes, ya que la ausencia de tramas colectivas para simbolizar la pérdida incrementa los riesgos de aislamiento subjetivo, invisibilización del sufrimiento y cierre narrativo. En consecuencia, los hallazgos refuerzan la necesidad de pensar el suicidio no solo como evento, sino como proceso social ligado a regulaciones afectivas, silencios culturales y fragilización del “nosotros”.

A partir de estos resultados, la escuela emerge como un actor central para comprender tanto el problema como las posibilidades de intervención simbólica. El estudio reafirma que la institución escolar no debe ser reducida a su dimensión instructiva, sino reconocida como espacio ético, afectivo y político de construcción de subjetividades. En sintonía con Kaplan (2022), la escuela puede funcionar como espacio de contención y reconocimiento, o bien como escenario donde se reproducen lógicas de desprecio, indiferencia y exclusión. Los hallazgos permiten sostener que, cuando la escuela habilita vínculos de confianza, justicia relacional y escucha activa, constituye un soporte fundamental para reconstruir narrativas vitales en contextos de crisis. Ello coincide con investigaciones recientes que proponen ampliar el papel de la escuela como territorio de cuidado y humanización, especialmente frente a autolesiones, ideaciones suicidas y experiencias juveniles marcadas por el malestar (Korinfeld & Levy, 2024).

En ese sentido, la discusión sugiere que el valor pedagógico de la escuela radica en su capacidad de producir marcos narrativos que restituyan sentido y pertenencia. No se trata únicamente de “prevenir” el suicidio desde un enfoque instrumental, sino de fortalecer una cultura institucional que reconozca el sufrimiento como experiencia legítima, lo traduzca en lenguaje compartido y habilite procesos de elaboración simbólica. Desde esta perspectiva, educar implica también construir condiciones de vida emocionalmente sostenibles: prácticas de cuidado, reconocimiento recíproco, pedagogías del vínculo y dispositivos de acompañamiento que permitan a las juventudes inscribir su dolor en una trama colectiva de esperanza.

Finalmente, esta investigación reafirma que interpretar el suicidio como dolor social obliga a desplazar el enfoque desde la culpabilización individual hacia la responsabilidad colectiva e institucional. La escuela, en tanto espacio público, puede contribuir a resistir la deshumanización contemporánea mediante una pedagogía que recupere la interdependencia, fortalezca el lazo social y reconstruya narrativas vitales orientadas al porvenir. En suma, los resultados discutidos consolidan la idea de que el suicidio juvenil constituye una interpelación sociopedagógica directa a la modernidad: revela el deterioro de las condiciones simbólicas de existencia y exige reconstruir, desde la educación, marcos comunitarios donde vivir vuelva a ser posible y significativo.

Conclusiones

El suicidio no puede reducirse a un acto individual ni a una patología aislada, sino que constituye un fenómeno social complejo que expresa el sufrimiento colectivo de las sociedades modernas. Las transformaciones estructurales, la desigualdad, la precariedad afectiva y la pérdida de referentes comunitarios configuran escenarios de anomia y desamparo donde las juventudes experimentan la vida como carente de sentido. En este marco, el suicidio emerge como una forma límite de dolor social, inscrito en una cultura que promueve la autonomía individual, pero debilita los lazos de interdependencia y solidaridad. La reflexión sociológica permite comprender que las experiencias de desesperanza y autodestrucción no son signos de debilidad personal, sino síntomas del malestar que atraviesa a las sociedades contemporáneas.

Frente al avance del individualismo y la crisis de significados colectivos, la escuela conserva un papel insustituible en la producción de narrativas vitales y en la elaboración del sufrimiento social. En tanto institución formadora, tiene la capacidad de ofrecer un entramado afectivo, ético y simbólico que ayude a las juventudes a reinscribir su dolor en proyectos de vida y comunidad. Su función educativa trasciende la transmisión de saberes, al convertirse en un espacio de reconocimiento mutuo, justicia afectiva y cuidado  recíproco. Reivindicar el valor pedagógico y humano de la escuela implica reconocerla como un lugar donde se cultiva el sentido de vivir, se teje la esperanza y se fortalece el lazo social que sostiene la dignidad y la vida en común.

Contribución de autoría

Darío Hernán Arévalo (DHA): conceptualización, metodología, investigación, análisis formal, redacción del borrador original y redacción, revisión y edición. El autor aprobó la versión final del manuscrito y asume responsabilidad por su contenido e integridad.

Conflicto de intereses
El autor declara no tener conflictos de intereses financieros, institucionales, profesionales o personales que pudieran haber influido en el desarrollo o publicación del artículo.

Responsabilidad ética
El estudio es de naturaleza documental y no involucró intervención ni recolección directa de datos de seres humanos. La investigación se desarrolló respetando los principios de integridad científica, originalidad, transparencia y respeto de los derechos de autor. Las fuentes utilizadas fueron identificadas, verificadas y citadas conforme a las normas académicas correspondientes.

Declaración sobre el uso de inteligencia artificial
El autor declara que no utilizó modelos de lenguaje de gran escala (LLM), incluido ChatGPT, ni otras herramientas de inteligencia artificial generativa para la redacción del contenido científico del manuscrito.

Financiamiento
La investigación fue autofinanciada por el autor y no recibió financiamiento externo.

Correspondencia
Darío Hernán Arévalo:
darevalos@filo.uba.ar

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Trayectoria Académica

Darío Hernán Arévalos
Doctor en Educación, Universidad de Buenos Aires (UBA) con Posdoctorado en la Universidad Estadual de Londrina (UEL-Brasil). Becario Posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET); Integrante del Programa de Investigación sobre “Transformaciones sociales, subjetividad y procesos educativos”; bajo la dirección de la Dra. Carina V. Kaplan (IICE-UBA). Ayudante de Primera, Cátedra de Teorías Sociológicas y Educación, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (UBA).

[1]Durkheim encuentra que no existe una relación directa entre el suicidio y las crisis económicas que dan lugar a una vida de miseria entre los individuos. Si bien, la tasa de suicidio en sociedades atravesadas por desastres económicos puede aumentar, en términos comparativos, sucede lo mismo en sociedades con prosperidad económica. Ello se debe a que los deseos humanos son ilimitados y, en consecuencia, las insatisfacciones de los individuos con la vida, aun en condiciones de crecimiento económico, también lo son. En efecto, las crisis de las sociedades que están en la base del suicidio anómico están dadas fundamentalmente por una perturbación del orden colectivo causado por la ausencia de un poder moral regulador de las pasiones humanas.

[2] El traductor de la obra aclara que este párrafo no encuentra su equivalente en Peuchet, de modo que pertenece exclusivamente a Marx.

[3] Recuperando los estudios de Philippe Aries, Elias (1989) sostiene que en Edad Media la muerte era un acontecimiento público. Si no moría en la guerra en defensa del señor feudal, el hombre medieval al percibir que su vida se encontraba en peligro por alguna enfermedad, organizaba su lecho de muerte en el hogar. Allí era visitado por familiares, amigos, niños y algunos vecinos. El moribundo participaba activamente en la extremaunción para despedirse de su tránsito por el mundo y prepararse para el camino eterno.